Lecciones NO aprendidas: La experiencia israelí en Líbano (1985-2000) y las guerras eternas de América

Israel en LíbanoLa aparente falta de interés en el “Vietnam de Israel” parece trágica,, cuando se considera la forma en la que los perfiles de ese conflicto prefiguraron los desafíos tácticos y operacionales a los que se enfrentarían las fuerzas estadounidenses en las “guerras eternas” de Afganistán e Iraq.

Tal vez ningún conflicto extranjero haya influido tanto en el Ejército de EE.UU. como la Guerra del Yom Kippur. Tras la conclusión de ese conflicto en octubre de 1973, delegaciones de oficiales y analistas militares estadounidenses viajaron a Israel para consultar con las Fuerzas de Defensa Israelíes ( IDF ), acerca de sus recientes experiencias de combate. Estas conversaciones tuvieron un impacto significativo en el pensamiento del Ejército y del U.S. Air Force Tactical Air Command, especialmente en el de oficiales influyentes como los generales William E. DePuy y Donn A. Starry, los dos primeros comandantes del Training and Doctrine Command (TRADOC) del Ejército.

 En el informe anual de TRADOC correspondiente a 1975 se declaraba que “la guerra en Oriente Medio produjo hechos sorprendentes y descarnados sobre el combate moderno”, detalles que se consideraban especialmente pertinentes para un futuro conflicto en el que la OTAN, sorprendidas por la acción ofensiva soviética, se enfrentarían a fuerzas armadas con las mismas armas letales proporcionadas a Egipto y Siria. La extrapolación de las lecciones aprendidas en las batallas del Sinaí y el Golán ayudó a impulsar una reinvención de la doctrina y el adiestramiento estadounidenses que evolucionó durante la década siguiente hasta convertirse en el FM100-5, AirLand Battle, y que finalmente produjo un triunfo militar en las arenas de Oriente Medio en lugar de en la Fulda Gap.

Lamentablemente, no se hizo ningún estudio comparable después de la prolongada lucha de Israel contra Hezbollah de 1985 a 2000, que terminó con la ignominiosa retirada de las IDF del sur del Líbano el 24 de mayo de 2020, hace veinte años. Cuando el periodista Matti Friedman publicó las memorias de su servicio en las IDF en Líbano en 2015, las primeras en inglés por un hombre alistado en ellas, escribió: “Mi intención aquí no es empantanarme en la explicación histórica. Prefiero sugerir el título de una historia completa de estos años de la zona de seguridad de Líbano en los años 90 para los interesados en los antecedentes. . .

Desafortunadamente no se ha escrito tal historia”. Análogamente, un oficial del Ejército de EE.UU., en un escrito de 2006, señala que “aunque hay mucha literatura en inglés sobre diversos aspectos del conflicto del Líbano, gran parte de ella se refiere únicamente al período 1982-1985”.

Esta aparente falta de interés en el “Vietnam de Israel” parece trágica cuando se considera lo cerca que los perfiles de ese conflicto presagiaban los desafíos tácticos y operativos, que las fuerzas estadounidenses tendrían que enfrentar en las “guerras eternas” de Afganistán e Iraq.

En junio de 1982, Israel lanzó la “Operación Paz para Galilea” para poner fin a los ataques con cohetes de la Organización de Liberación Palestina (OLP) y a las incursiones terroristas en el norte de Israel destruyendo su infraestructura política y militar en Líbano. Invadiendo con 57.000 soldados y 1.000 tanques, la superioridad militar convencional de Israel le permitió derrotar rápidamente a la OLP y a las fuerzas sirias, lo que culminó con la expulsión de la primera de Líbano.

Inicialmente, las fuerzas israelíes fueron acogidas calurosamente por muchos chiítas del sur del Líbano, que odiaban a la OLP. Según un general israelí: “Al principio, todos estos grupos y el pueblo . . . nos dieron la bienvenida con arroz y flores” como libertadores, e incluso la principal milicia chiíta Amal dio la bienvenida tácitamente a la invasión.

Esta aceptación inicial, sin embargo, pronto se convirtió en un resentimiento amargo y una insurgencia prolongada. Habiendo destruido el proto-estado de la OLP en el sur de Líbano, Israel no logró restablecer los servicios esenciales que habían sido interrumpidos por la invasión. Los intentos de Israel por estabilizar Líbano dependían excesivamente de redadas y disparos masivos no selectivos, lo que dio lugar a la detención y muerte de muchos civiles inocentes.

Estas tácticas engendraron resentimiento y el surgimiento de múltiples grupos de resistencia laicos y religiosos. Irán explotó la confusión posterior desplegando cientos de instructores del Cuerpo de Guardias Revolucionarios para ayudar al más radical de esos grupos, Hezbollah, y llevó a sus líderes a Irán para que recibieran una instrucción más avanzada.

¿Suena esto?

El fracaso de instalar un gobierno dirigido por los maronitas en Beirut, junto con la campaña de atentados suicidas y secuestros de Hezbollah, llevó a Israel a retirarse a una “Zona de Seguridad” de 328 millas cuadradas en la frontera entre Líbano e Israel en junio de 1985. Con ocupando aproximadamente el diez por ciento de Líbano, los siguientes quince años de conflicto de baja intensidad presagiaron muchos aspectos de las guerras estadounidenses posteriores al 11 de septiembre.

Por ejemplo, a lo largo de su insurgencia, Hezbolá evolucionó sus tácticas, pasando de los bombarderos suicidas y los ataques frontales masivos al fuego indirecto y las emboscadas. Hezbolá demostró ser particularmente hábil en el empleo de artefactos explosivos improvisados (IED), que para 1988 habían suplantado a los ataques de infiltración como su táctica principal y, un decenio más tarde fueron la causa de dos tercios de las muertes de las IDF en el sur de Líbano. Aunque las IDF desarrollaron constantemente nuevas contramedidas tecnológicas, Hezbollah respondió con innovaciones tácticas y técnicas propias. Como observa Iver Gabrielsen:

Hezbollah inicialmente detonaba los IED por cable, pero cuando las tropas de las IDF se hicieron diestras en encontrar los cables, Hezbollah cambió al control remoto por radio y disfrazó los IED en rocas de fibra de vidrio. Las IDF respondieron interfiriendo las señales de radio y las tropas “contaban literalmente las rocas en el borde de la carretera”. Si una roca extra aparecía durante la noche, llamaban a los zapadores. Hezbollah respondió con detonadores por teléfonos celulares, por lo que las IDF comenzaron a interferir a estos. La última técnica empleada por Hezbollah fue la de IED de carga hueca, detonados por rayos láser infrarrojos.

Los ataques de Hezbollah con artefactos explosivos improvisados y cohetes de mortero/Katyusha se beneficiaron aún de los civiles locales, que proporcionaron inteligencia en tiempo real y observación de largo alcance para atacar a las IDF. Como las fuerzas estadounidenses en Iraq acabaron descubriendo, las IDF descubrieron que la inteligencia humana demostró ser más eficaz para mitigar la amenaza de los IED que las contramedidas tecnológicas.

Israel, sin embargo, se enfrentó a una batalla cuesta arriba para ganarse el apoyo de la población local. Los líderes israelíes agravaron este desafío cometiendo un importante error estratégico al principio de la invasión, al sobrestimar la fuerza de los maronitas en Líbano en relación con los chiítas más numerosos, error del que se hicieron eco los funcionarios estadounidenses en el período posterior a Saddam-Irak, que inicialmente descartaron la importancia de las tribus por consejo de sus asesores urbanos en el exilio iraquí. En consecuencia, cuando las IDF aplicaron la política de la “Good Fence” para ganarse los corazones y las mentes en el sur del Líbano, dirigida desproporcionadamente a la población cristiana en lugar de a la chiíta, Hezbollah impidió los programas de asistencia civil de Israel asesinando a los implicados en la distribución de alimentos y suministros médicos.

Las IDF intentaron aprovechar la familiaridad de la población local con las singularidades del  terreno humano y físico de Líbano meridional, creando una fuerza de seguridad autóctona, el Ejército de Líbano Meridional (Soutern Lebanon Army-SLA), pagado y entrenado por ellas, que de hecho soportó la mayor parte de la carga operacional contra Hezbollah: el SLA aportó 2.000 efectivos frente a los 1.000 de las IDF en la zona de seguridad; manejó cuarenta y dos de los cincuenta puestos defensivos avanzados; y sufrió al menos el doble de bajas que las IDF.

Sin embargo, si bien el adiestramiento y el apoyo a una fuerza de seguridad autóctona es una práctica estándar para las operaciones eficaces de lucha contra la insurgencia, la experiencia de las IDF con el SLA también demostró muchas de las ineficiencias asociadas con la dependencia de las fuerzas sustitutivas. Como ocurriría más tarde en el Afganistán e Iraq, Hezbolá montó una campaña de intimidación sostenida contra el SLA, y eligió a miembros de forma individualizada para asesinarlos. Aunque el SLA comenzó como una milicia abrumadoramente cristiana, a mediados de la década de 1990 casi el setenta por ciento de sus bases eran chiítas, que simplemente trataban de mantener a sus familias. Poseedores de poca motivación ideológica y política, a partir de 1995 las deserciones del SLA comenzaron a aumentar, y Hezbollah pudo formar un importante cuadro de informantes.

El propio Hezbolá se benefició al actuar como representante de los estados que buscan desangrar a Israel sin provocar represalias. El Secretario General de Hezbollah se jactó abiertamente de recibir apoyo militar iraní, declarando: “Negar la ayuda iraní proporcionada a… Hezbolá sería como negar que el Sol proporciona luz a la Tierra”. En la década de 1990, el enviado de EE.UU. Dennis Ross creía que la escalada de violencia de Hezbolá estaba dirigida por Hafez Assad para presionar a Israel en sus negociaciones con Siria sobre los Altos del Golán, y el Ministro de Defensa israelí Moshe Arens dijo que, Israel no estaba luchando contra Hezbolá “sino contra los sirios”. Siria está luchando contra Israel por poderes”. Esta dinámica se repetiría una década más tarde, cuando Irán entrenó y/o armó fuerzas antiestadounidenses tanto en Afganistán como en Iraq, y Siria facilitó el tránsito de miles de combatientes extranjeros hacia Iraq.

Aunque Hezbollah probablemente nunca tuvo más de 500 combatientes a tiempo completo, con la capacidad de convocar a otros mil combatientes locales, compensó su debilidad comparativa en el campo de batalla enfatizando “la narrativa de la batalla”. Hezbollah almacenó armas en las aldeas del sur del Líbano e integró a sus combatientes entre la población civil. Las IDF no fueron tan cuidadosas entonces como ahora, en lo que respecta a la precisión de los objetivos, y cuando las medidas de represalia israelíes causaron inevitablemente daños colaterales, Hezbollah reconstruyó y proporcionó ayuda humanitaria a las aldeas del sur del Líbano, convirtiendo así a la organización en la salvadora de Líbano.

Hezbolá también demostró ser eficaz en la realización de operaciones de información a nivel mundial y contra el frente interno israelí. Mientras que las IDF restringieron el acceso de los medios de comunicación al campo de batalla, Hezbollah desplegó regularmente camarógrafos en las operaciones.

Los recientes avances en la tecnología de las comunicaciones como los satélites, noticias por cable las 24 horas al día e Internet permitieron a Hezbollah distribuir videos editados de estas operaciones para difundir propaganda. Al igual que el Estado Islámico una generación más tarde, operaba múltiples sitios de Internet, ofrecía contenidos en diferentes idiomas y los adaptaba para influir en públicos específicos. En 1991 Hezbollah lanzó su propia red de televisión por satélite, Al Manar, cuya señal llegó a Israel y mostró a los espectadores imágenes vívidas de soldados de las IDF muertos y heridos.

En consecuencia, aunque la importancia operativa de un acontecimiento como el desbordamiento temporal del puesto de avanzada de las IDF en Dabshe en octubre de 1994 era mínima, esos acontecimientos tuvieron un efecto estratégico desproporcionado al influir en la moral israelí y en el apoyo popular al mantenimiento de la zona de seguridad.

Como señaló un oficial de Hezbollah, “En el campo, atacamos a un soldado israelí. Pero una cinta de él pidiendo ayuda afecta a miles de israelíes”. Por consiguiente, según un observador de las Naciones Unidas, “el 75 por ciento de la guerra de Hezbollah fueron las cintas de vídeo”.

En última instancia, la capacidad mediática de Hezbollah amplificó el impacto psicológico de sus tácticas de guerrilla para compensar la superioridad militar convencional de las IDF.

A lo largo de los quince años de ocupación del sur de Líbano, el índice de bajas fue siempre a favor de Israel: Hezbollah sufrió 1.248 muertes y 1.000 heridos, mientras que las IDF perdieron 256 soldados y 840 heridos, un número de bajas mucho menor que en las guerras anteriores de Israel.

Sin embargo, el conflicto en Líbano fue percibido como una “guerra de opción” para Israel, y a finales de los años 90 la presión de los movimientos de protesta israelíes puso en duda las suposiciones subyacentes del valor estratégico de la zona de seguridad. En medio del aumento de los llamamientos a la retirada, el recién elegido Primer Ministro Ehud Barak finalmente canceló la operación. (Se trata de una triste coda al conflicto que presagiaría el destino de las Fuerzas de Seguridad Iraquíes tras la retirada de EE.UU. de Irak en 2011, el SLA se desmoronó después de la retirada de las FDI del sur del Líbano. Algunos combatientes se rindieron al gobierno de Líbano, otros huyeron a Israel).

Aunque la invasión de Líbano por parte de Israel logró su objetivo inmediato de eliminar la amenaza de la OLP en su frontera norte, los efectos de segundo orden de la operación dieron lugar, sin querer, a una amenaza exponencialmente mayor. Desde 2000, Hezbollah se ha atrincherado en el sistema político de Líbano, poseyendo un veto efectivo sobre el proceso de formación del gobierno de la nación. Lo que es más inquietante, Hezbollah tiene actualmente más de 130.000 cohetes y misiles dirigidos a Israel, y se le están suministrando equipos de guiado de precisión que hacen de esta capacidad una verdadera amenaza existencial para Israel.

Sin duda, el Ejército de Estados Unidos ha aprendido duramente muchas lecciones sobre la contrainsurgencia en los dos últimos decenios, entre ellas: la amenaza táctica que plantean los artefactos explosivos improvisados; la importancia estratégica central de la población local; el problema del apoyo extranjero a los agentes no estatales; las ventajas y los riesgos de confiar en fuerzas sustitutivas; y la forma en que las operaciones de información pueden producir efectos estratégicos. Sin embargo, muchos errores tácticos y operacionales, así como innumerables tragedias humanas, podrían haberse evitado se hubiera intentado aprender de las experiencias de las IDF en el sur del Líbano antes de que comenzaran las guerras en el Afganistán y el Iraq.

Fte. The National Interest (Benjamín Runkle)

Benjamín Runkle es Senior Policy Fellow de Artis International y Profesor Adjunto del programa de The Johns Hopkins University’s Global Security Studies. Es el autor más reciente de Generals in the Making: How Marshall, Eisenhower, Patton, and Their Peers Became the Commanders Who Won World War II (Stackpole Books, 2019).

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