Terra Nova: el recuerdo del cine a la gran faena portuguesa en los mares del fin del mundo

A mediados de marzo pasado se anunciaba el estreno de Terra Nova. No pudo ser. La película cuenta el episodio final, por ahora, de la gran aventura marítima de los portugueses. Que comenzó en el siglo XV, a la búsqueda de las especias, por los mares del sur, y del bacalao, en aguas boreales. Pero lo fantástico del caso es que cinco siglos después, los portugueses seguían pescando en las costas más lejanas con veleros. Bellos, anacrónicos y duros a la mar.

La película logra que el espectador, instalado en una cómoda butaca y pertrechado con un bol de palomitas, comprenda de qué aleación era el hierro del que estaban hechos los hombres que, durante seis meses al año, se aventuraban a pescar en los mares despiadados de Terra Nova y Groenlandia. Era el océano Ártico, donde los icebergs hacían de desleales compañeros. Era el estrecho de Davis, pasillo recorrido por vendavales o por espesos bancos de niebla. En cualquier caso, la mar es la protagonista. La estrella invitada, la goleta Terra Nova, papel que interpreta la remozada Santa María Manuela, gemela del Creoula. Los actores son los marinos de su guarniçao, procedentes de todo Portugal, e incluso de Luanco, como es el caso de Luis Servando Pelaéz Gutiérrez, embarcado como primer oficial en la campaña de 1967.

Cuando pueda vaya a verlos. No se arrepentirá. Y si entonces el gusanillo le pica, puede leer La campaña de la goleta Argus, publicada por Trea, y contada por Alan Villiers, lobo de mar y reportero de National Geographic, que embarcó en la campaña de 1950. Él, que bien sabía estar en la mar, relata fascinado la extraordinaria gesta de aquellos hombres, que olían y pensaban como su presa, el bacalao. Por eso sabían dónde encontrarlo, y cómo subirlo a sus doris, de los que eran único tripulante. Desde esas minúsculas embarcaciones, salidas a la alborada del vientre del navío matriz, tendían su línea y los izaban a mano, para después procesarlos, con lo que completaban una extenuante jornada de 18 horas. La película bascula hacia el relato de Villiers, que no es el único reflejo de a faina maior, pues, además de Capitanes intrépidos, existen otros, como el titulado Nos mares do fin del mundo, de B. Santareno, quien embarcó como médico durante un par de campañas y que contó la dureza de la intensa interacción humana en los navíos de la flota blanca.

El universo de la película es la mar y, sobre ella, un lugre, que a vela disputa el bacalao a las parejas de potentes bous españoles, franceses, canadienses e italianos, o a las flotas de pesqueros rusos. Su dotación suplía la diferencia de material con pericia, valor y disciplina. Pericia marinera elevada al grado sumo, imprescindible para navegar, aún en 1934, en veleros de madera sin máquina entre icebergs. Eso no lo podían hacer sin la disciplina con la que a bordo se ahormaba el valor de aquellos homens de ferro, confinados al límite de lo imposible.  No fue hace tanto tiempo como para haber olvidado que entonces andábamos, pobres peninsulares, con alpargatas y a la mar.

Ahora seguimos navegando juntos en el Creoula, salvado de su achatarramiento por la acción de tenaces portugueses con conciencia marítima, que, entre 1979 y 1987 lo reconstruyeron, y desde hace 15 años lo comparten generosamente con sus vecinos españoles, bajo la grímpola de la UIM (Universidad Itinerante de la Mar). Y así, juntos, pueden reconocerse descendientes de los homens de ferro que lo tripularon durante 37 campañas, hasta 1974, haciéndolo um bom pescador. Después fue escuela navegante, en la que la UIM hizo 25 cursos, donde unos 1200 estudiantes y profesores, procedentes de 32 universidades de muchos países, recorrieron 20 000 millas náuticas, en muchas horas de navegación, que por miles no se cuentan ya con los dedos de una mano.

El Creoula es una plataforma de instrucción intensiva. Cuatro palos, 11 paños, 63 metros de eslora, un motorín, un centenar de marinos e instruendos, que viven en sus 600 m² de cubiertas, que, además, contienen un talante de bien hacer que se pega a los que navegan en él. Se multiplica así el rendimiento de una experiencia que enseña a saber estar en la mar, y que, por eso, es útil para la vida en tierra, si la imaginásemos como una suma de proyectos.

El Creoula es una hormigonera, que produce “proyectazgo”, mezcla de lógica de proyecto y liderazgo, con el que cada instruendo hace más sólido su muro personal, el que va levantando con los ladrillos de su experiencia y formación, y donde cuelga los proyectos que acometerá en su vida.  Que profesionalmente no hará solo, como un náufrago, sino trabajando en equipo.  Eso hay que entrenarlo. No hay muchas academias en el mundo que lo hagan como la pareja UIM-Creoula. Así lo reconoció Sail Training International, al otorgarle en 2011 su trofeo anual, y desde 2008 lo hace la Fundación Europea de Educación Ambiental, reconociéndola con su Bandera Azul, como centro ejemplar para la difusión de la conciencia marítima.

El Creoula es un símbolo para los portugueses. Y para los españoles. Después de 83 años de dura vida necesita una remodelación a fondo.  La esperaba amarrado en su base de Alfeite. Confiaba en el Ayuntamiento de Lisboa que, para exhibirlos a él y al NRP Sagres, estaba preparando un antiguo muelle. Así continuaría la remodelación del frente del río, haciendo que la ciudad vuelva su vista a la mar, donde la tuvo durante siglos. El proyecto es urbanístico y simbólico. Y un orgullo para los amantes del Creoula, que no desean verlo como un museo sino como escuela navegante. Se repite la historia de 1979, cuando el navío, acostado a morir, fue vendido al Estado portugués para convertirlo en museo pesquero.

Pero su valor fue percibido por una vanguardia, que logró el apoyo de la población, para tratarlo como un proyecto disruptivo, al remozarlo como aula navegante y sacarlo de nuevo a la mar. Eso necesitaba dinero y entonces se consiguió. Hoy estamos en la misma tesitura. Se precisa dinero para su rehabilitación, pero el tiempo presupuestario anda cerrado y los trámites se eternizan en la nueva normalidad. El dinero procederá de la Cámara Municipal de Lisboa, que lo podrá usar como estandarte, pero también de los muchos concejos de donde procedían los homens de ferro que en él embarcaron. La mayoría portugueses; pero también españoles.

¿Por qué no contribuimos todos los peninsulares a salvar este símbolo que atraviesa el tiempo con afán de conocimiento y aventura, que los llevó a regir los mares durante tres siglos y a pescar en las costas del fin del mundo durante cinco? Es una ocasión para concretar un proyecto común de nuestra civilización ibérica, de la que hablaba nosso senhor poeta, la que se creó hace 500 años en el largo océano, “as inquietas ondas afastando”. Precisamente para conmemorar esta señalada efeméride navegaremos el próximo verano de Guetaria a Sevilla, pasando por Porto y Lisboa, a la vez que llamaremos a salvar al Creoula. ¡Alvorada!

Publicado en El Comercio el 15/07/2020

Fermín Rodríguez Gutiérrez
Catedrático de Geografía y Ordenación del Territorio
Director de la UIM, Universidad Itinerante de la Mar

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