Santiago y la Caballería española

Un año más el Arma de Caballería celebra el 25 de julio la festividad de su Santo Patrón el Apóstol Santiago. Han pasado ya 128 años desde que la Real Orden de 20 de Julio de 1892, ratificara para el Arma de Caballería este exclusivo patronazgo, que ya había sido designado el 30 de junio de 1846 por el Vicariato General Castrense a instancias de la Inspección General de Caballería.

Hasta entonces, los Regimientos del Arma tuvieron sus propios patronos o patronas. El Vicario General Castrense señala en el oficio de designación del patrono dirigido al Inspector General de Caballería, que “el valor y la piedad siempre han sido muy propios de los militares españoles, cuyas dos cualidades unidas les han honrado sobre manera y hecho capaces de las grandes y heroicas empresas que tanto ennoblecen su historia. De aquí la costumbre tan laudable de que cada regimiento tenga señalado su Santo patrono como protector y abogado especial cerca del Señor de los ejércitos que infunde el valor y da la victoria a quien le place”.

La mayor parte de los regimientos de Caballería tenían por patrona a la Inmaculada Concepción (“Alcántara”, “España”, “Montesa”, “Pavía” y “Villaviciosa” entre otros); la Asunción de María Santísima lo era del “Farnesio”; Nuestra Señora de las Mercedes del “Calatrava”; San Cecilio del “Numancia”; el Arcángel San Miguel lo era del “Lusitania” y San José de Calasanz del Regimiento “Húsares de la Princesa”. El único que tenía por patrón al Apóstol era el Regimiento “Santiago”.

El Vicario General Castrense, en su escrito de designación, cree muy oportuno que el Arma de Caballería tenga por Santo Patrón al Apóstol Santiago “porque el nombre del glorioso Apóstol lleva consigo el recuerdo de tantas victorias conseguidas por su invocación en defensa de nuestra fe y de nuestra patria y un estímulo para sostener y avivar el valor de tan caros objetos.”

La entonces Reina Regente María Cristina expresa a su vez en la Real Orden de ratificación del patronazgo el acierto que supone para el Arma elegir como Patrón al Apóstol Santiago, al otorgarle la representación de los nobles ideales que entrañan los sentimientos de abnegación, base firme de todas las virtudes militares, a los que impulsa y estimula el espíritu de compañerismo, que se opone a todo egoísmo individual.

Santiago era ya Patrón de España desde 1630, durante el reinado de Felipe IV, por decreto del Papa Urbano VIII, pero ese sentimiento de patronazgo se tenía ya desde la Edad Media. Tal como expresa la citada Real Orden de ratificación, Santiago es considerado como “síntesis en la tradición y en la historia de la gloriosa epopeya de la Reconquista en que nuestros antepasados constituyeron la nacionalidad española.”

En realidad, también era generalizado el sentimiento de patronazgo, aunque todavía oficioso, de la Caballería, que le distinguía con su devoción y su invocación en los momentos difíciles. Y es que Santiago se había ido creando una aureola de proteccionista con el paso de los años, a partir de aquella primera aparición a caballo[1] en la batalla de Clavijo en tierras de La Rioja en el 844, poco después del descubrimiento de su sepulcro. La tradición enumera hasta veinticinco apariciones en acciones bélicas como la de Albelda en 866 o Simancas en 939, y en todas ellas los españoles resultaron victoriosos.

Sin duda, entre las razones que avalaron su identificación con la Caballería fue significativa su presencia en combate a lomos de un caballo blanco, pero también la admiración y el respeto, mezcla de adoración y súplica que le profesaron como constante histórica los hombres de Caballería.

El Cid Campeador arengaba a sus caballeros en 1074 al emprender la conquista de Valencia: “Id a combatirles en nombre del Creador y del Apóstol Santiago”.

El insigne Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote una dura reprimenda a Sancho Panza, llamándolo “simplísimo” por “desconocer quien era el Caballero de la cruz bermeja, a quien muchas veces le han visto en las batallas…”.

También Francisco de Quevedo afirmaba que “Santiago es más que un Capitán y un Caudillo”.

El grito de ¡Santiago y cierra, España! fue conocido y temido en todos los campos de batalla entre el ruido de las armas, el golpear de los cascos al galope y los relinchos de los caballos.

Me voy a detener un momento en el significado de este grito histórico con el que se arengaba a las tropas para que atacaran con valor al adversario.   Es la síntesis de tres elementos: – la invocación a Santiago para combatir bajo su protección y ayuda – la acción de cerrar que, en contra de lo que pudiera parecer, no tiene el sentido de aislamiento, sino que se refiere a embestir y acometer al enemigo – y el último término – España -, que animaba a los jinetes a luchar por la Patria.

Ha pasado el tiempo y en la España de hoy pervive la Caballería. ¿Será porque, a pesar de que el caballo se ha retirado, todavía tiene su sitio el caballero? ¿Cuál es el éxito de tan sorprendente vitalidad? No creo equivocarme al responder, afirmando que, a pesar de su constante evolución, la Caballería ha conservado intacto su espíritu.

Este espíritu proviene de nuestros antepasados – los caballeros – de quienes ha conservado la sonrisa, la simpatía y el amor a la gloria, que en las circunstancias más críticas da a sus acciones un sello particular de elegancia y nobleza. Pero también proviene de la cualidad del jinete, de su trato con el caballo. Y es que la necesidad de dominar en todo momento una voluntad viviente, de reacciones cambiantes y bruscas, le da al jinete más modesto la audacia, la flexibilidad, el golpe de vista, la decisión rápida y el desprecio del peligro.

El caballero es el centauro legendario del himno de Caballería, el jinete es su consecuencia y en sus entrañas lleva el valor temerario necesario a toda acción de trascendencia.

Ha de ser la perfecta conjunción de la caballerosidad y de la temeridad valerosa lo que ha de dar impulso al Arma de Caballería, porque unas veces será quien decide la victoria, otras quien la engrandezca, otras quien disminuya los desastres y, siempre, será ella la que comparta el triunfo y la encargada de alcanzar los resultados que este proporciona.

Orgullosa de su misión secular de protección de las demás Armas, estimando normal y justo marchar la primera en la ofensiva y la última en la retirada, se ha impuesto como obligación la abnegación y el sacrificio.

Santiago, el Hijo del Trueno, infundió a la Caballería española con su ejemplo y protección ese espíritu de nobleza que permite mantener viva la herencia y tradición atesorada por los jinetes de todos los tiempos.

Si el incierto destino quiere que en el futuro vehículos de combate de ignoto diseño hayan de combatir en defensa de la Patria, marcharán junto a ellos, invisibles por el humo del combate y de la historia, “…sables bizarros, bravos lanceros…”

Ayer como húsares, dragones o coraceros, hoy como tripulantes de unidades blindadas y mañana con los medios que se les asignen, allá donde estén los jinetes estará siempre la vanguardia y se oirá el mismo grito: ¡Santiago y cierra, España!

[1] Según la tradición, fue en la colina riojana de Clavijo donde por primera vez montó a caballo ayudando a las huestes del rey Ramiro I y liberando al reino del tributo de las cien doncellas.

General de División (R) José Manuel Sanz Román
Asociación Española de MIlitares Escritores

 

 

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