Adivinando el futuro de los sistemas de Defensa

Anticipar el futuro es algo muy complejo, pues para la ciencia prospectiva proyectar las tendencias actuales no vale casi de nada, dado que aparecerán tecnologías disruptivas, circunstancias nuevas y escenarios desconocidos que nadie puede aventurarse a definir.

Dicho esto, el futuro para muchos de nosotros no es sino la proyección de lo que se intuye ahora en un horizonte de 20 años. ERROR. Las tecnologías de 2040 poco o nada van a tener que ver con lo que conocemos hoy.

Trataré de explicarme:

1. ¿Habrá aviones tripulados? Posiblemente serán los menos, pues la presencia del ser humano limita las capacidades de maniobra (en términos de aceleración) y los vuelos hipersónicos atmosféricos implican temperaturas incompatibles con la vida. Poco se podrá diseñar con un piloto a los mandos, salvo algunas operaciones muy concretas en las que su presencia a bordo será necesaria, aunque no imprescindible.

2. ¿Y los buques? Pues más de lo mismo. Si se pueden gobernar a distancia, ¿para qué arriesgar una tripulación? Seguirá siendo necesaria la presencia humana en operaciones de rescate, desembarco o ayuda humanitaria. Poco más.

3. ¿Y en las operaciones terrestres? En estas, el Ejército de Tierra tiene más futuro que los demás (habiendo sido el origen de todo lo militar ¿alfa y omega?). Pisar y ocupar el terreno seguirá siendo fundamental para el éxito de sus misiones. Una prueba de ello ha sido la operación Balmis o el encomiable trabajo de las unidades terrestres de la UME, indisolublemente ligado a la proximidad y apoyo a la población civil.

Dado que soy ingeniero de armamento y artillero, trataré de adivinar el futuro de las operaciones terrestres basado en algunas premisas, como son:

a) Nadie quiere repatriar ataúdes. La seguridad de las tropas es lo primero. Ello implica la ausencia paulatina del combatiente en el campo de batalla, razón por la que la robótica tendrá un lugar preeminente en las operaciones. Desde los exoesqueletos para las acciones más demandantes físicamente, al apoyo logístico. El combatiente no tiene porqué cargar con su equipo. Eso lo pueden hacer las máquinas: munición, apoyo de fuegos, víveres… ¿Irá el 8×8 tripulado en todas las misiones para esas fechas? ¿y los vehículos de exploración y zapadores? Se me antoja que serán autónomos, pues no habrá razón alguna que justifique exponer vidas humanas en sus misiones más arriesgadas. ¿Estamos pensando hoy, cuando adquirimos sistemas con ciclos de vida que irán más allá de los 40 años (2060), en este escenario tecnológico?

b) La conciencia situacional se hará imprescindible. Las operaciones en red, el ancho de banda de los canales de comunicaciones, la accesibilidad de la información y la capacidad de compartirla serán elementos prioritarios y elementos necesarios para que el combatiente sepa dónde está y las circunstancias del entorno al que se enfrenta.

c) Las comunicaciones deben dejar de ser un cuello de botella: el uso de canales seguros de banda ancha requiere el despliegue de “relés” al margen de los satélites, pues éstos requieren potencia y ganancia directiva elevada incompatibles con las fuentes de energía disponibles. Hay que desplegar elementos aéreos no tripulados capaces de mantenerse a 30 km de altura sobre la zona de operaciones durante meses proporcionando enlace e inteligencia (C5ISR)

d) Las fuentes de energía: ¿renovables? Las baterías recargables actuales no servirán, pues pesan lo mismo cargadas que descargadas. Deben encontrarse fuentes fiables, ligeras y de gran capacidad que proporcionen la cada vez mayor demanda de KWh.

e) Los sistemas de información deben incrementar su potencia, fiabilidad y robustez frente a ciberataques. La computación cuántica, la inteligencia artificial y el bigdata deben ser explotados en beneficio de la superioridad de la información en cualquier punto del campo de batalla.

f) Los apoyos de fuego deben ampliar radicalmente su acción: alcances de 20 a 100 km en el campo táctico mediante obuses y cohetes con guiado terminal y una precisión impensable hasta la fecha. Todo ello sobre plataformas de enorme movilidad para evitar la contrabatería enemiga (quiero decir autopropulsados rueda en casi todos los casos). No serán admisibles los daños colaterales. La designación de objetivos (targeting) debe evolucionar en paralelo.

g) La superioridad del espacio aéreo basado en drones y una artillería eficaz misil, láser y cañón será el arma definitiva frente a los pequeños (o enormes) ingenios no tripulados que pretendan invadir las zonas prohibidas.

h) El dominio del espectro electromagnético requiere un capítulo aparte. Poder utilizarlo e impedir su uso por parte del enemigo será una obligación para obtener el éxito. La guerra electrónica adquirirá un enorme protagonismo en las operaciones futuras.

i) El dominio del espacio cibernético para detectar, neutralizar y explotar las debilidades enemigas y fortificar las propias debe ser una prioridad en el planeamiento militar. Esta necesidad también afecta a la protección de infraestructuras críticas y a toda la cadena de apoyo logístico.

j) El factor humano: las futuras operaciones requieren soldados instruidos y unidades adiestradas en el nuevo entorno. Seguirá siendo un factor decisivo en las contiendas, pero la automatización del campo de batalla les dejará tan solo la capacidad de decisión (que sin duda será la barrera entre el éxito y la derrota). Los medios de simulación deberán evolucionar hasta compartir entornos virtuales y reales.

k) La amenaza biológica, química y nuclear: el COVID 19, bajo la sospecha de iniciar la tercera guerra mundial por otros métodos, debe mostrar el camino para no desproteger uno de los flancos más débiles de la civilización occidental. Prevenir, detectar, controlar y responder a cualquier ataque de este tipo requiere sofisticados sistemas imposibles de improvisar en plazos cortos.

l) Habrá que impedir, sin excepciones, que un enemigo asimétrico comprometa inversiones de millones de euros con el lanzamiento de una piedra, un ciberataque o un manpad de coste marginal en el mercado negro. No deberíamos disparar un misil de un millón de dólares contra un dron de trescientos. No deberían interrumpirse nuestras comunicaciones críticas por un ciberataque de un chaval de 18 años.

m) El cambio climático habrá llegado a puntos sin retorno en un horizonte de 20 años, lo que puede condicionar drásticamente las políticas industriales y obligar a replantear muchas certezas asumidas hoy, pero inapropiadas en el futuro.

n) ¿Hasta cuándo parte de la población china, hindú o rusa va a convivir con la bicicleta y los Ferrari? ¿es que no van a producirse revoluciones populares movidas por las diferencias de niveles de vida bajo los mismos gobiernos? ¿Y en occidente? ¿Podrá la infomaldad (este término no existe en español, pero me gusta) apoyada en el dominio de los canales massmedia y las fakenews conformar la opinión pública hasta extremos desconocidos?

Algo de todo lo que acabo de exponer los anticipa mi compañero Ángel Gómez de Ágreda en su exitoso libro “Mundo Orwell” recientemente galardonado. En todo caso, Internet y los medios actuales no existirán dentro de 20 años tal y como las conocemos hoy lo cual conduce a un futuro incierto e imprevisible. Todo lo que hagamos por anticiparlo redundará en la seguridad de nuestra sociedad y en la soberanía de nuestra gran nación.

La cambiante situación geoestratégica, en la que China y EEUU parecen tener los papeles protagonistas, cambiará por la aparición de potencias emergentes, como India, y por el empeño de Rusia en mantener una posición que, aunque no le corresponde por su capacidad económica, la disfruta como heredera de la URSS y su papel en el desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

La vieja Europa, hoy casi marginal en la política internacional, tiene un enorme reto por delante: desaparecer como interlocutor mundial o recuperar parte del protagonismo de antaño. Mientras los estados miembros hagan cada uno la guerra por su cuenta, el futuro conlleva inevitablemente la pérdida definitiva de su papel estratégico: la pandemia del COVID 19, el Brexit y la inexistencia de políticas comunes parecen anticipar un futuro poco prometedor.

General de División Manfredo Monforte Moreno
Dr. Ingeniero de Armamento
De la Academia de Ciencias y Artes Militares

1 Comment

  1. La revolución del arte de la guerra que nos presenta el Gen. Monforte es de tal magnitud que obliga a replantear todo los planteamientos militares desde ya. Dos comentarios. Uno, si España y Europa quieren pintar algo en el mundo, ya puede empezar a dedicar el 3% de sus presupuestos a Defensa, todo lo demás será ir a la irrelevancia y sus consecuencias. Dos, si no queremos ataúdes propios ni de daños colaterales, y al enemigo no le importa, ya veremos cómo lo resolvemos. Esperaremos a los bárbaros.

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